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La enseñanza de la historia y la función social del historiador, por Rafael G. Peinado Santaella

Desde antes incluso de que en 1989 Francis Fukuyama profetizara incautamente el “final de la historia”, la historiografía ha sufrido los embates del irracionalismo, del declive de las ideologías y del resurgimiento de los fundamentalismos religiosos. El tiempo de la “polis desamparada” (J.-F. Chenet) abona tanto el descreimiento en la historia como el cuestionamiento de la función social del historiador. Estas dos realidades, sin embargo, no siempre han ido de la mano como bien ilustra el ejemplo de Marc Bloch y Lucien Febvre, quienes protagonizaron a partir de 1929 una de las innovaciones historiográficas más fecundas en un clima de incertidumbre parecido al que ahora sufrimos.

En el caso español, el desarrollo exponencial de la historiografía, que tantas realidades nuevas ha alumbrado desde los años setenta del pasado siglo, no puede ocultar otras muchas debilidades que algunos historiadores han ido desgranando poco a poco en los escasos ejercicios de reflexión que los historiadores solemos hacer sobre nuestro oficio. Helas aquí enunciadas de modo sumario: olvido de nuestras más fructíferas tradiciones historiográficas, creciente politización de la historia al calor del particularismo propio de los nacionalismos periféricos y del nacionalismo esencialista español, responsable también del “complejo de insularidad” del que hace tiempo advirtió José María Jover, endeblez metodológica, amnesia del pasado más reciente, que casa mal con la fiebre conmemorativa que en ocasiones alcanza cotas grotescas.

La reforma de la enseñanza de la historia en la Universidad debería haber sido un instrumento de primer orden para superar las incertidumbres que afectan a nuestra disciplina y a nuestro oficio. Pero la vía que se eligió enfatizó el falso reclamo de la innovación pedagógica y despreció los contenidos. Miguel Ángel Ladero, en un trabajo que forma parte del segundo de sus libros publicados por la Editorial Universidad de Granada, hizo a este respecto unas observaciones muy pertinentes e interrelacionadas que inciden sobre la misma idea que, de palabra y en diversos foros académicos, yo mantengo desde hace tiempo; y así llamó la atención sobre la pérdida de visión global, la multiplicación de asignaturas-migajas, la falta real de tiempo para el estudio reflexivo y la asimilación, la inminencia constante de los exámenes. Y todo ello en un ambiente de competitividad que tiende a romper, en beneficio del primero, el equilibrio que debe existir entre el doble deber de investigar y enseñar.

Lo peor del caso, según me parece, es que las propuestas contenidas en el Libro blanco que elaboró la ANECA para el Título de Grado de Historia se quedaron en meras proclamas teóricas que apenas se reflejaron en un plan de estudios que una vez más se alejó del verdadero objetivo de procurar la transmisión de un conocimiento ajustado a la realidad actual de cada área del saber. ¿Y acaso no hay una contradicción flagrante entre el desarrollo exponencial de cualquiera de los saberes que la Universidad produce y la reducción del tiempo necesario para transmitirlos por la que ahora se apuesta? Esta pregunta nos conduce casi sin querer al debate de la duración de los ciclos y a las raíces sociopolíticas de la reforma. Pero prefiero soslayar aquí esta cuestión para recordar solo de manera sumaria las ideas que expuse hace poco en un trabajo donde, a pesar de todo, abogué por recuperar el optimismo humanista en la escritura y en la enseñanza de la historia; son estas:

  • extender el aprendizaje de la historia más allá del estrecho ámbito de Europa, lo cual no se consigue solo incorporando el viejo y engañoso término “universal” al título de algunas asignaturas;
  • establecer cauces de información recíproca con nuestros colegas de la enseñanza primaria y secundaria;
  • reducir la optatividad y recuperar los seminarios como alternativa para profundizar en algunos de los contenidos de las asignaturas-migajas;
  • ser capaces de transmitir el valor de pensar históricamente, que Pierre Vilar resumió al afirmar que la historia debe enseñarnos ante todo a “leer un periódico”, esto es, “a situar cosas detrás de las palabras”;
  • comprometernos con la divulgación, algo que desde los comienzos de la historiografía moderna han reclamado los grandes historiadores —entre ellos nuestro olvidado y nunca bien ponderado Rafael Altamira— y hoy recomienda, de manera ciertamente contradictoria con los criterios de evaluación, el Libro blanco de la investigación en humanidades;
  • este último compromiso serviría también para ocupar el espacio que hemos cedido a los seudohistoriadores no profesionales que, inspirados por el dictum de John Locke según el cual “todo historiador es un mentiroso” y jaleados desde las combativas y bendecidas tribunas neoconservadoras, reinventan nuestro pasado más reciente y recuperan los peores tópicos del esencialismo español.

No quiero terminar estas breves reflexiones sin recordar, porque a su gran calado unen también su belleza expresiva, las afirmaciones de tres grandes intelectuales del siglo pasado que, según creo, trazan un camino de optimismo tanto para la escritura y la enseñanza y de la historia como para la función del historiador. Me refiero a las que Antonio Gramsci transmitió a su hijo Delio desde la cárcel: “Yo creo que te gusta la historia, como me gustaba a mí cuando tenía tu edad, porque se refiere a los hombres vivos y todo lo que se refiere a los hombres, a cuantos más hombres sea posible, a todos los hombres del mundo en cuanto se unen en sociedad y trabajan y luchan y se mejoran a sí mismos, no puede dejar de gustarte más que nada”; a las de Lucien Febvre, quien con su sentencia “expliquemos el mundo al mundo” dejó claro que “la historia responde a las preguntas que el hombre de hoy se plantea necesariamente”; y en fin, a las de Marc Bloch, quien, a propósito de la reforma de la enseñanza de la historia y la geografía, encontró el modo de proclamar que “el pasado remoto imbuye del sentido y el respeto de las diferencias entre los hombres, a la vez que despierta la sensibilidad a la poesía de los destinos humanos”.

Rafael G. Peinado Santaella

Catedrático de Historia Medieval y director del Departamento de Historia Medieval y Ciencias Historiográficas, es también correspondiente de la Real Academia de la Historia y de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, presidente del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino y miembro de la junta directiva de la Sociedad Española de Estudios Medievales. Ha sido vicedecano de la Facultad de Filosofía y Letras, director de la Editorial Universidad de Granada y vocal de la junta directiva de la Unión de Editoriales Universitarias Españolas (UNE), asociación de la que es socio de honor. Ha impartido conferencias y seminarios en las Universidades de Heidelberg y París-IV Sorbona y en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Autor y coordinador de varios libros y artículos de investigación, su quehacer historiográfico se ha centrado en el estudio de los señoríos andaluces de la Orden de Santiago, las elites de poder en las ciudades andaluzas y, de manera más continuada, en la repoblación y organización política y fiscal del reino de Granada tras la conquista castellana, tema este que asimismo ha abordado, desde una perspectiva ideológica, en su doble vertiente del imaginario del triunfo y la derrota. Ha realizado también una importante labor como traductor de varios libros y artículos sobre teoría del sistema feudal, violencia y religión en la Edad Media y el reinado de los Reyes Católicos.

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