Qué nos sobra y qué nos falta en la educación superior, por Alberto Prieto

El artículo 1 de la Ley Orgánica de Universidades textualmente dice lo siguiente: “La Universidad realiza el servicio público de la educación superior mediante la investigación, la docencia y el estudio”. Claramente la función esencial de la Universidad es la educación superior, siendo la investigación, docencia y estudio medios para lograrla lo más eficazmente posible. Debe haber, por tanto, una armonía entre las labores de investigación, docencia y estudio.

Un profesor debe disponer tanto de conocimientos avanzados como de destreza para transmitirlos. Tiene que gozar de:

  • Saber; es decir, conocimiento e inteligencia (debe estar preparado tanto en la materia como en impartir docencia)
  • Saber hacer: eficacia y eficiencia en la acción  y
  • Querer hacer: vocación, responsabilidad y compromiso

Los principios de una buena docencia consisten en:

  1. Estimular el contacto profesores-alumnos.
  2. Favorecer la cooperación entre alumnos.
  3. Promover el aprendizaje activo.
  4. Proporcionar realimentación (profesor 🡪 alumno 🡪 profesor) a tiempo
  5. Dedicar tiempo a las tareas más relevantes.
  6. Comunicar expectativas elevadas a los alumnos.
  7. Respetar los diferentes talentos y formas de aprendizaje.

Han cambiado nuestros alumnos y las tecnologías aplicables a la enseñanza, por lo que los profesores debemos adaptarnos a este nuevo contexto. En particular tenemos que enseñar y hacer aprender a los alumnos tal y como nos llegan. La mentalidad y forma de interaccionar con el mundo exterior de las nuevas generaciones de estudiantes ha cambiado radicalmente.  

  • Quieren recibir la información de forma ágil e inmediata.
  • Se sienten atraídos por multitareas y procesos paralelos.
  • Prefieren los gráficos a los textos.
  • Se inclinan por los accesos al azar (desde hipertextos).
  • Funcionan mejor y rinden más cuando trabajan en red.
  • Tienen la conciencia de que van progresando, lo cual les reporta satisfacción y recompensa inmediatas.
  • Prefieren instruirse de forma lúdica a embarcarse en el rigor del trabajo tradicional.

Debido a lo anterior debemos conocer y aplicar nuevas estrategias docentes y plataformas tecnológicas (la mayoría de ellas nacidas de la edad digital) que nos permitan aplicar nuevos métodos de enseñanza.

¿Qué nos sobra?

  • Burocracia: reuniones para tratar cuestiones triviales, tareas de gestión, burocratización  inherente al control de calidad que paradójicamente provoca la disminución de ésta ya que se hace a costa de reducción del tiempo dedicado a la preparación de actividades productivas
  • Prepotencia ideológica, que impide llegar a acuerdos entre partidos políticos para tener un sistema educativo estable, y también que induce al cambio por el cambio en planes, criterios, baremos, etc.
  • La mala planificación económica. Por lo general, los déficits que tenemos en la enseñanza se achacan a los presupuestos. Los países que se consideran más avanzados en educación no son los que más gastan (ver estadísticas de EUROSTAT sobre gastos por alumno de distintos países).
  • Volumen de docencia asignada al profesorado. Los españoles dedicamos más horas al año a impartir clase que la media de la OCDE y de la UE. Por ejemplo, en Cambridge están aproximadamente a un 10% de horas lectivas respecto a España

¿Qué nos falta?

  • Encontrar un sistema eficiente de evaluación de la calidad de la docencia, consistente, transparente y equitativo, lo que aumentaría o mejoraría la motivación y el rendimiento, la planificación, la valoración de la carrera profesional, etc. La falta de métricas sobre la docencia frente a su existencia en la investigación, provoca que se devalúe la primera, dando mayor relevancia a la investigación que a la docencia.
  • Reconocimiento de la labor docente. Por lo general se pone el acento en la apreciación y exaltación de la investigación, yendo en detrimento de la docencia, lo que provoca en muchos casos la pérdida de interés por la enseñanza y todo lo que está relacionado con ella, que hace olvidar la razón de ser de la Universidad: el alumnado. En general, es muy reducida la autoestima del profesorado que hace hincapié en la docencia. Un ejemplo de la baja consideración que se da a la docencia es que los complementos retributivos asociados a la misma se den de forma generalizada sin realmente valorar el esfuerzo y el rendimiento.
  • Las investigaciones en docencia deben considerarse transversales; es decir, válidas en todas las áreas o ámbitos del conocimiento (y que no se diga que “se intenta colar docencia por investigación”).
  • Adaptarnos mejor a las circunstancias. Aplicar nuevas tecnologías y metodologías; acoplarnos al nivel de conocimientos y destrezas previas del alumnado, etc.
  • Concienciar a nuestros alumnos del regalo de los años universitarios.

Con las palabras anteriores he pretendido hacer una reflexión personal, basada en mi experiencia de 50 años de docencia universitaria, sobre cuál es el camino que nuestra Universidad debe seguir en los próximos años en relación a la educación superior, y donde nuestra Rectora debe tener todo nuestro apoyo para generar o ampliar los recursos e infraestructuras necesarios para recorrerlo. Sin duda la educación superior es una gran obra, y, como decía Ramón y Cajal “Toda obra grande, tanto en arte como en ciencia, es el resultado de una gran pasión puesta al servicio de una gran idea”; a lo que añado: debemos buscar en el cerebro nuestras ideas y en nuestros corazones la pasión.

Alberto Prieto Espinosa

Premio de Investigación de la Universidad de Granada,

(1ª Edición, 2006; Área de Ingeniería y Arquitectura).

Premio de Excelencia Docente de la Universidad de Granada,

(Edición de 2009. Área de Ingeniería y Arquitectura).

Profesor Emérito.

http://atc.ugr.es/APrieto_CV

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