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Comentarios (0) Reflexiones sobre la UGR

La evaluación de la docencia: una asignatura pendiente, por Rafael Payá

Afortunadamente, hace ya décadas que la investigación científica está reconocida en España como importante misión de la Universidad, se evalúa de forma sistemática la actividad investigadora y se utiliza esta evaluación, no sólo para asignar selectivamente los recursos destinados a financiar la investigación, sino también como un criterio preferente para la estabilización y promoción del profesorado.

Sin duda es bueno que esto sea así, e incluso conviene profundizar en esta línea, pero corremos el peligro de que la balanza se desnivele excesivamente en sentido contrario, desincentivando la labor docente, pues no conviene olvidar que las universidades son ante todo instituciones de enseñanza superior. Mientras la creación y transferencia del conocimiento pueden desarrollarse con gran eficacia en entidades de muy diversa índole, su transmisión mediante la docencia está reservada exclusivamente a las universidades. Por ello, la mejora de la calidad docente debe ser un objetivo prioritario de las universidades y la actividad docente del profesorado debe ser adecuadamente reconocida e incentivada, especialmente en las universidades públicas.

No comparto en absoluto la idea, bastante instalada en la opinión pública, según la cual las universidades privadas destacan por su calidad docente, frente a la mayor competitividad investigadora de las públicas, pero es cierto que las privadas han conseguido transmitir con éxito un mensaje de auténtica preocupación por el aprendizaje que consiguen sus estudiantes, mientras se distorsiona la imagen del profesorado en las públicas, presentándolo como exclusivamente preocupado por su currículum investigador.

El fomento de la excelencia docente no tiene por qué ir en detrimento de la investigadora, pues no debemos contraponer una y otra actividad, sino entenderlas como mutuamente complementarias. Creo firmemente que quien contribuye activamente a la creación de conocimiento tiene grandes ventajas a la hora de transmitirlo como algo vivo, que resulte más atractivo a los estudiantes. Además, en las universidades más avanzadas se va consolidando la exposición temprana de los estudiantes a la investigación, como un recurso didáctico muy eficaz, que motiva el aprendizaje mejor que cualquier disertación, por muy magistral que sea. Pero recíprocamente, la maduración de ideas necesaria para conseguir que nuestros alumnos asimilen correctamente ciertos conocimientos, nos proporciona frecuentemente un nuevo enfoque, una visión novedosa que puede ser muy útil para abordar los problemas de investigación en los que estamos interesados. Conozco investigadores de primera fila mundial cuya capacidad para transmitir el conocimiento que atesoran es prácticamente nula, como también conozco profesores de gran valía con escasa experiencia investigadora. Pero entiendo ambos casos como excepciones que sirven para confirmar la regla en la que siempre he creído: los buenos investigadores suelen transmitir sus conocimientos con gran maestría y los mejores docentes suelen tener también un brillante curriculum investigador.

A la hora de reconocer la calidad docente del profesorado e incentivar su mejora, nos encontramos con el que a mi juicio es el problema clave: la dificultad para evaluar la actividad docente a nivel individual. Disponemos de criterios e indicadores para evaluar con objetividad los resultados de investigación conseguidos por cada persona y, aunque en algunas áreas no estén suficientemente asumidos o consensuados, han servido para incentivar la actividad investigadora con cierta eficacia. Pero no hay nada similar para la actividad docente, y esa es probablemente la razón por la que las universidades optaron por la política del avestruz, reconociendo los complementos retributivos por méritos docentes a la totalidad del profesorado, para convertirlos en mera cuestión de antigüedad.

Ciertamente los poderes públicos, tanto nacionales como autonómicos, tampoco han ayudado en este terreno, lavándose literalmente las manos. La evaluación de la docencia en los procesos de acreditación del profesorado va poco más allá de cuantificar la experiencia docente, que es otra vez una cuestión de antigüedad. El colmo de la estupidez lo encontramos en el reciente decreto sobre dedicación docente del profesorado, que llega a la aberración de “premiar” los méritos de investigación acumulados por el profesorado rebajando su “carga docente” (nefasta expresión) y “penalizar” el bajo rendimiento en investigación, o simplemente la juventud, aumentando la dedicación docente. Hay quien ha acogido con agrado esta norma, entendiendo que supone un reconocimiento más de la labor investigadora, o incluso que contribuye a una mejor distribución de tareas en los departamentos. Estoy totalmente en contra de esta filosofía, siempre me ha repugnado que la investigación se utilice como arma arrojadiza, pero es que además, considerar la docencia como una carga me parece la mayor afrenta que se le puede hacer a la vocación de profesor universitario.

Evaluar de manera objetiva la calidad de la docencia es por tanto una necesidad ineludible, pero también en gran medida una asignatura pendiente. Entiéndase que se trata de evaluar los resultados de la docencia, es decir, el aprendizaje de los estudiantes, y no los medios para conseguirlo, como las infraestructuras docentes, la formación y la experiencia del profesorado, o la adecuación de los planes de estudios.

Ciertamente es importante evaluar la empleabilidad de los egresados como un indicador relevante de la calidad de una titulación, pero mide los resultados de un trabajo colectivo, no se puede individualizar como un mérito para la promoción del profesorado o para asignar complementos retributivos. En el otro extremo tenemos la encuesta que se hace a los alumnos sobre la labor docente del profesorado, esta vez sí, con carácter individual. Aparte de las deficiencias técnicas que dicha encuesta pueda tener, en el mejor de los casos describe simplemente la opinión del alumnado, que puede estar sesgada por muy diversas circunstancias y siempre adolece de una falta de perspectiva. Conocer la opinión de los estudiantes siempre es valioso, pero no puede considerarse como un indicador objetivo de la calidad de la docencia.

Deberíamos ir hacia un modelo integral de evaluación de la actividad docente de cada profesor, mediante indicadores objetivos que midan los resultados de su labor docente, pero hay que reconocer de entrada que estamos muy lejos de conseguir este objetivo. Además esta tarea deben abordarla las universidades en uso de su autonomía, pues de los poderes públicos sólo cabe esperar que no la entorpezcan o dificulten aún más, limitándose a asumir, como hicieron en su momento con la investigación, los criterios de calidad que la propia comunidad científica tenía ya establecidos. En mi opinión deberían ser los centros y departamentos quienes pusiesen en práctica sus propios procesos de evaluación, de momento con carácter experimental, orientados principalmente a la búsqueda de indicadores adecuados. Desde los rectorados se podría fomentar e incentivar esta actividad, aportando una coordinación útil para generalizar las buenas prácticas que se vayan detectando. También deberían fomentar la colaboración entre universidades, participando en grupos de trabajo, tanto a nivel nacional como internacional, con la misma idea de generalizar las experiencias exitosas en este terreno.

Quizá algún día un profesor universitario podrá mostrar y acreditar la calidad de sus resultados docentes con la misma facilidad y objetividad con la que hoy se valoran sus resultados de investigación. Estoy seguro de que ese día las universidades españolas habrán dado un gran paso adelante en la mejora de su actividad docente, tan importante o más que el conseguido en los útimos cuarenta años en el terreno de la investigación.

Rafael Payá Albert

Catedrático de Universidad del Departamento de Análisis Matemático.

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